14 diciembre 2014

la palabra encarnada


De los cuatro evangelios, sabemos, Juan es el más diferente de todos. Los llamados sinópticos comienzan diciendo cómo nació Jesús, su genealogía, su relación con el bautista; pero Juan empieza en el momento de la creación: en el principio era la palabra. Nos habla de la preexistencia de la Palabra, de la creación por su medio para decirnos en el versículo 14 que esa palabra se encarnó para habitar entre nosotros.
Así que Juan nos ubica en un escenario que ningún otro evangelista nos ubica: el mismo Dios creador es el redentor de la humanidad. Por medio de la Palabra, nos dice, fue creado el universo y sin él nada de lo creado hubiese llegado a la existencia.
Pero para lograr la redención del hombre esa palabra tuvo que hacer algo diferente. No podía reconciliarnos sólo con “la palabra”. Para lograr una nueva humanidad la palabra necesitó encarnarse: y la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
Para crear al mundo hizo falta la palabra, para crear una nueva humanidad de igualdad y justicia esa palabra debió encarnarse.  Así nació Jesús, el misterio de la Palabra encarnada. Y no encarnado en reyes, príncipes u hombres de renombre, encarnado en el hijo de un trabajador, de un pueblo pobre, nacido en un establo rodeado de animales y pastores. Allí, según nos cuenta Mateo, fue visitado por unos magos de oriente. La tradición nos dice que eran tres y que eran reyes. Si tomamos en cuenta esta tradición podemos decir que Jesús, estando en el pesebre, muestra su primer acto de construcción de esta nueva sociedad: los reyes entraron a un pesebre y se arrodillaron frente al hijo de un carpintero, no porque Jesús fuera Dios sino precisamente porque era el hijo de un carpintero. Los reyes, los mandatarios de la nueva sociedad, son hombres al servicio de los humildes y no dictadores que se enriquecen a sus expensas.
Pero esto no termina aquí, la Biblia nos dice que Jesús es la cabeza de un cuerpo. Estas palabras nos dicen que formamos un hombre nuevo cuando toda la comunidad es un cuerpo con la cabeza de Jesús. Esto nos obliga a algo: si la palabra se encarnó, es preciso que nosotros también nos encarnemos. Nuestro destino, en cierta medida es el destino de Jesús: encarnarnos en cada necesitado, en cada marginado, en cada excluido del sistema.
Este mundo de muerte y pecado es un mundo elitista. Los sistemas políticos destruyen, discriminan y matan a la mayoría de la población: negros, mujeres, niños, pobres, discapacitados, inmigrantes son, entre otros, aquellos en quienes nos tenemos que encarnar.
En la época de Jesús la pobreza era una realidad hereditaria. Eras pobre por herencia familiar. Hoy en día, mal o bien, hay movilidad de clase, en esa época era prácticamente imposible, allí lo más injusto de la pobreza, que el pobre era pobre por el hecho de haber nacido en una familia pobre. Jesús se encarnó en un pobre por la injusticia que eso implica. Hoy, cuando hablamos de pobreza no estamos haciendo mención sólo a la cuestión económica sino a todo discriminado que es marginado por el hecho de haber nacido: el color, el sexo, el género, etc.

De ese lado nos tenemos que poner, del lado de aquellos que son marginados por el sistema de muerte. Y no es una “opción”. No se trata de que podemos sino de que debemos estar del lado de los derechos de aquellos por quienes Cristo murió. Tenemos que predicarle al mundo entero, pero desde esa encarnación en aquellos que más lo necesitan.