14 junio 2013

cuento desesperanzado

Hacía tanto tiempo que Andrés estaba en ese lugar que no recordaba ni de donde había venido. A veces creía que había nacido allí.
El lugar era lúgubre, con paredes que otrora habían sido blancas y un montón de sillas destrozadas donde todos estaban sentados quietos con un número en la mano.
La cuestión era que todos los allí presentes esperaban ser llamados por el número que poseían. Después de largas esperas que llevaban años, décadas, tal vez toda una vida, las personas poseedoras del número ingresaban tras una puerta y ya no volvían.
Nadie sabía con exactitud que había detrás de esa puerta. Algunos suponían que los esperaba Dios en el paraíso. Otros decían que tras la misteriosa puerta estaba el infierno de castigo eterno. A Andrés le daba lo mismo. Ya sea que existiese el peor de los castigos, nada podía ser peor que el tedio de esa habitación silenciosa, fría y oscura.
La puerta no llamaba por número correlativo sino por el capricho vaya a saber de quién, así que nadie sabía cuando le iba a tocar su turno. Esto hacía la espera mucho mas cruenta y desesperante.
Pero al fin el número llegó. Andrés se paró y caminó hacia la puerta misteriosa. Al principio sintió curiosidad, después miedo pero cuando tocó el picaporte sintió alivio. ¡Por fin!, se dijo, aunque haya un diablo torturándome con un tridente es preferible a esta insoportable espera.
Dudó, transpiró, respiró hondo y manoteó el picaporte.
Entró.

Sus piernas se aflojaron, su respiración se cortó, un sudor frío corrió por todo su cuerpo, la desesperación se apoderó de Andrés cuando se descubrió en un cuarto lúgubre, con paredes que otrora habían sido blancas y aquella persona se arrimó y le dijo: tome asiento, detrás de aquella puerta lo llaman por número.