15 febrero 2007

Hacia un Dios indefinible

Sin duda alguna que hay opio en aquellos que buscan definir a Dios viviendo su fe a los gritos El que habla mucho de Dios... (dice un dicho popular) seguro que lo quiere vender.


Porque Dios es indefinible.

En el Antiguo Testamento, por ejemplo, estaba prohibida toda definición de Yavé. No se lo podía representar en imágenes de ningún tipo, ni siquiera aún se lo podía nombrar demasiado. Los hombres del Antiguo Testamento no se preguntan sobre Dios en sí, sino si está presente para ellos, por lo tanto, Dios es Dios – en – acción.

Extraña sociedad, la sociedad que no tiene imágenes de Dios; extraño Dios que no quiere que lo nombren.

Es que el pueblo debía vivir como si Dios no existiera, debía deambular en una sociedad a la que hoy le llamaríamos “secularizada” donde a Dios no se lo puede nombrar y mucho menos imaginar (Exodo 20)

En el Nuevo Testamento, sin embargo hay una definición de Dios que por su poesía se ha hecho popular en los círculos cristianos:

Dios es amor (Juan 3:16)

Ahora bien, todos conocemos lo indefinible de la palabra amor. ¿Quién se atrevería a decir esto o aquello es el amor?. No es, por supuesto, que el amor no tenga definición alguna, sino que no tiene definición racional. No se puede, desde el razonamiento definir la experiencia del amor.

Así que, si a Dios se lo define con una palabra racionalmente indefinible, caemos en cuenta que el autor de dicha definición, sin duda tuvo el propósito de demostrar, desde esa contradicción, que a Dios tampoco hay razón que lo defina.

De esta forma llegamos a la definición que a mi más me gusta: Dios es aquel a quien sólo el silencio nombra. ¿Porqué las iglesias hoy se desviven por encontrar a Dios en los cultos ruidosos, monótonos y psicóticos? ¿Porqué no sentarnos en silencio a escuchar a un Dios que se revela a sí mismo?

Pero claro, la historia no termina allí: nadie puede definir a Dios porque “a Dios nadie lo vio jamás”. Todos sabemos qué cosa es una silla, por ejemplo, porque conocemos muchas sillas, y aunque la que se nos presente, sea de diferentes formas que las que conocemos, en nuestra mente ya tenemos una representación de lo que es una silla y, asociando, inmediatamente comprendemos. Pero ¿Y Dios? No solamente que no conocemos a otro Dios, lo que sería imposible, sino que no conocemos, ni siquiera algo similar a Él con que asociarlo.

Sabiendo Dios esta limitación humana, él decidió autorevelarse de la única forma que era posible: haciéndose hombre

Es así como Dios se revela en la persona de Cristo. Conocemos a Dios porque se hizo hombre, y no podríamos conocerlo de otra forma que Dios – hecho – hombre.

Por eso, en oposición a los falsos espiritualismos que ven a Dios en la mística inhumana, sólo conocemos a Dios en la persona del Hombre. Una nueva forma que Dios utiliza para intervenir con su plan tantas veces cooptado.

Dios, sabemos, se le revelaba al pueblo de Israel. Cuando este quiso un rey, se presentó un gran problema: ahora debería revelarse en la persona del monarca. Cuando el rey pecaba, todo el pueblo caía con él. Por eso Dios impuso a los profetas, para volver a revelarse en su pueblo. Dios nunca quiso tener “representantes suyos en la tierra”, El se revela en el pueblo.

Hoy, Dios vuelve a imponer su voluntad de revelarse en el pueblo y no en una persona ni en un iluminado. En la persona de Cristo, aquel que constantemente demostró estar ajeno a las oligarquías religiosas. No hay curas que representen a Dios; no hay pastores ni rabinos. Dios se revela en el lugar donde más cómodo se siente: el seno del pueblo oprimido.