06 febrero 2008

Derribando muros de enemistad III

El derrumbe religioso
El templo de Herodes tenía una triple división en su atrio: para los sacerdotes, más alejados los hombres laicos y más aun las mujeres[i]. Los extranjeros podían mirar el templo desde un atrio externo que estaba rodeado por una pared de un metro y medio de espesor en el cual a intervalos periódicos se podía leer la frase que recordaba gentilmente a todo extranjero que se atreviera a saltar el muro que “tendrá que culparse de su propia muerte”.
Es muy probable que Pablo hubiese usado esta pared como símbolo cuando habla de destruir “los muros de enemistad entre los pueblos”.
No hay muro que divida a las naciones. No hay judío ni griego. No hay extranjeros en la visión cristiana. Las fronteras se derrumban junto a los muros de enemistad que divide a los pueblos.
Decir como literalmente dice la Biblia: No hay judío ni griego, equivale a decir “no hay santo ni profano”. Si Dios existe, todo le pertenece.
La palabra profano, viene del latín: pro = delante (en el sentido de “afuera”) y fanum = templo. Afuera del templo, afuera de lo sagrado. Sin embargo, dividir al mundo en dos dando un lugar a Dios y otro al demonio, no está encuadrado en el pensamiento de los escritores bíblicos. Todo lo bueno es de Dios, aunque no pertenezca al círculo de la iglesia. Todo lo malo no le pertenece aunque esté dentro de la iglesia.
Es el día de hoy que las sectas fundamentalistas aun dividen al mundo en dos: música de Dios y música del diablo; religión versus política; santidad versus mundanalidad… A estos abría que recordarle el encuentro profundo que tuvo Bonhoeffer con Dios dentro de la cárcel que lo llevó a decir que había visto más a Dios allí que en la congregación.
No hay santo ni profano; Dios se revela tanto denrto como fuera de la iglesia. Dios se revela en la historia.
Dice Juan que Dios “se hizo carne y habitó entre nosotros”. La palabra “habitar”, literalmente es “abrir su carpa[1] entre nosotros”. No armó un templo de piedra. Para habitar entre los hombres armó una carpa, porque Dios no es el Dios de lo estático, Dios es el Dios del camino.


[1] Carpa: tienda de campaña
[i] Stott, la nueva humanidad ediciones certeza pg. 89