14 diciembre 2013

tercer domingo de cuaresma



La historia que voy a contarles tal vez todos la conozcan porque de tan antigua ya no recordamos ni quién es su autor. Se trata de la historia de aquel hombre bueno que donó sus tierras para que algunas familias sintierras pudieran levantar sus casas allí.
Tan agradecidas estaban estas familias que cada año, para el cumpleaños de este buen hombre al que llamaremos Julián García, armaban una gran fiesta de celebración.
Al principio los pocos habitantes cocinaban una torta y se la llevaban a la casa. Pero el pueblo empezó a crecer. Llegaron los desfiles, comilonas, fuegos artificiales celebrando el cumpleaños de Julián García.
Fue un día que antes de los fuegos, terminando el intendente su sórdido discurso, un niño dijo: ¿Y por qué no viene Don Julián a soplar las velitas?
El hombre que lo fue a buscar a la casa encontró su cadáver sobre la cama. Los forenses dijeron que por el grado de descomposición hacía más de un quinquenio que Don Julián había muerto. ¡Más de cinco años festejando el cumpleaños sin darse cuenta que el agasajado ya no estaba entre ellos!
En unos días nos juntaremos en familia, comeremos cordero, pollo, asado, lechón. Tomaremos vino, celebraremos con sidra o Champagne mientras esperamos a un señor gordo vestido de invierno trayendo regalos a los chicos que se portaron bien. Después: Nueces, almendras, avellanas, pasas de uva, confites y un montón de cosas más que rememoran las navidades de latitudes invernales bajo un termómetro que se acerca a los 40º.
Sólo falta el niño que pregunte: ¿Y el del cumpleaños va a venir a soplar las velitas?

Sin embargo cuando hablamos de Jesús, no solamente debemos preguntarnos si él está presente. Deberíamos preguntarnos también qué Jesús queremos que esté a nuestro lado en Navidad. Porque ese Jesús que inventaron los religiosos moralistas no es el que debe estar presente en nuestras fiestas ni en nuestras vidas. El Jesús que separa “santos de pecadores”, el que nos pone “un peldaño más arriba que los demás”. El Jesús moralista, excluyente, a ese Jesús no lo quiero en esta navidad.
Ramón Cue, un sacerdote mexicano que vivió en España nos relata otra historia también conocida en su libro “Mi Cristo roto”.
Refiere Cue, que él, siendo afecto a las obras de arte caminaba en Madrid por un mercado de pulgas cuando, apilado entre un montón de baratijas, encontró una imagen de madera de Cristo. Sin dudas era una gran obra de arte del siglo XIX. Aunque lamentablemente había sido muy maltratada.
Durante la guerra civil española, unos profanadores entraron a una iglesia y queriendo tal vez robar la figura, la arrancaron de su cruz. Así que aquella obra de arte era un Cristo sin cruz, sin brazo ni pierna derecha y aunque conservaba la cabeza le faltaba el rostro.
Después de sentirse Judas regateando el precio de Cristo, pudo comprarlo y orgulloso lo llevó a su habitación, lo puso sobre la mesa, lo observó una vez más y se fue a dormir con la idea de levantarse temprano para visitar un restaurador que devuelva a aquella imagen su primera gloria.
Un sueño muy vívido lo sorprendió esa noche. Soñaba que con lágrimas en los ojos miraba la imagen y decía: ¡quien señor, quien pudo ser el pecador que así te mutiló! Cuando una voz del cielo le respondió: ¡Hipócrita! ¿Por qué mi Señor me dices hipócrita si yo estoy lamentando que hayan cometido el pecado de mutilarte así?
Eres hipócrita por dos razones (contestó la misteriosa voz) Hipócrita porque miras la paja en el ojo ajeno. ¿Qué te importa quién me mutiló? ¿Por qué no miras tus pecados en lugar de mirar los de otros? Yo ya los perdoné y ni me acuerdo quienes son.
Además eres hipócrita porque estás preocupado por una imagen mía de madera y no te ocupas de la miles y miles de imágenes mías de carne y hueso que caminan por las calles de Madrid.
Tienes razón Señor (contestó el cura) y te prometo como penitencia que mañana voy a buscar el mejor restaurador para que quedes tan hermoso como el primer artista te logró.
Te lo prohíbo (contestó el Señor)
Pero Jesús, no te entiendo, sólo quiero restaurarte, me duele verte tan roto.
Precisamente por eso no quiero que me restaures. Quiero que me lleves a la iglesia y me pongas en un lugar bien visible, para que todo el que me vea sienta el dolor de verme roto. Porque yo vine a morir por todos los hombres que están rotos.

Y así es sin dudas. Cristo es la cruz de cada crucificado de este mundo. El Jesús sin piernas nos recuerda cada discapacitado que no puede entrar a alguna iglesia porque no tiene rampa. El brazo que le falta a Jesús nos recuerda que él es la mano de los que no tienen brazo. Cuánta gente sana y con sus dos brazos desocupados sufren la pobreza, la discriminación y el oprobio de los que no tienen trabajo.
Cuantos anónimos sin rostro caminan por las calles del mundo. En cuantas personas no vemos a Cristo, en cuantas personas Cristo está como anónimo. Porque Jesús no es el Dios de los evangélicos buenos y santos. Tenemos que aprender a ver a Jesús en cada ser humano.

En el divorciado que no puede comulgar, en la prostituta, en el sidoso, en el ladrón, en el borracho, el drogadicto, en el gay, el ateo, en el religioso, en el santurrón está presente Jesús y nos dice: Ahora que festejes mi cumpleaños, ¿es mucho pedir que yo esté presente para soplar las velitas?