02 marzo 2014

el gomía Jesús


Siempre creí que nacionalismo y amor por la patria son cosas diferentes. Incluso hasta opuestas. Los argentinos, siempre extremistas, nos hemos parado históricamente en extremos del péndulo. O somos nacionalistas (así, con z) o hablamos de “este país de porquería”. ¿Se puede querer a su patria sin odiar a las demás? ¡Por supuesto que sí! Durante centenares de años los pueblos fueron creando una forma de ser, un idioma y costumbres que son, sin dudas, las formas que más sirven para sobrellevar la vida en ese entorno. Por lo tanto, sería más que tonto rechazar lo propio suponiendo mejor lo otro, sólo por ser extranjero.
En una época, los libros de texto escolares en Argentina, usaban un lenguaje que no era propio de nuestros lares. Muchos maestros enseñaban el buen lenguaje haciéndonos mencionar las “elles” que nosotros (al menos en Buenos Aires) pronunciamos como Ye. Las películas argentinas de mediados del siglo XIX usan un idioma llamado ridículamente “neutro” donde prevalece el “tú” sobre el vos o el che.
Vicente Battista, nos dice que: “ Entre 1957 y 1959 apareció “El Eternauta”, considerado con justicia un clásico contemporáneo. La historieta es colosal, un solo detalle la desmerece: sus personajes hablan de tu. Resulta incómodo sorprender a Favalli, a Juan, a Lucas Herbert y a Polsky en medio de una partida de Truco y oír de qué modo Favalli se dirige a su compañero de mesa: “Al cuerno con la radio, a ti te toca dar, Juan”. Esta discordancia de lenguaje nos mortificó hasta mediados del pasado siglo. 
“El voseo, natural en el Río de la Plata y en otros rincones de América latina, nunca tuvo buena prensa. El colombiano Rufino José Cuervo, autor del Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana (1886), lo consideraba de una "inaguantable vulgaridad". Un poco más cercano en el tiempo, nuestro Arturo Capdevila, obviaba las sutilezas y lo calificaba como "la viruela del idioma", "negra cosa", "verdadera mancha del lenguaje argentino" e "ignominiosa fealdad". Ambos se nutrían de lo postulado por Andrés Bello: “Es un anacronismo de la pluralidad imaginaria de segunda persona, que fue desconocida en la Antigüedad” —sostenía el erudito venezolano—,si personajes de nuestros días y de países en que la lengua nativa es la castellana, lo propio en el diálogo familiar sería usted ó tú”. Poco le importaba el lenguaje popular: “En las lenguas, como en la política no sería menos ridículo confiar al pueblo la decisión de sus leyes que autorizarlo en la formación del idioma", una concepción que se llevaba a los golpes con lo propuesto por Domingo Faustino Sarmiento.”
Esto sucede en el “idioma evangélico”. Hay un divorcio entre el habla cotidiana y el habla dentro de la iglesia. Se ora tuteando a Dios, pero nadie se anima a tratarlo de vos. Por definición, en el protestantismo, lo sacro y lo profano no deberían tener tal divisiones. Usar un lenguaje cotidiano y otro religioso genera un divorcio entre un Dios que se revela los domingos a un grupo de elegidos y el resto de los “vulgares”.
Creo que es hora de hacer cotidiano a Dios, de hablarle como a un amigo, de usar el idioma de todos los días para que él esté presente en lo cotidiano. Jesús habló en Koiné, el lunfa griego, ¿porqué no tratarlo como un gomía?