15 enero 2015

Marcos 1,4-11

Reflexión bíblica compartida por el hno Miguel Ponsati en la Comunidad Anabautista Menonita de Buenos Aires.

Nuevamente nos encontramos aquí con una escena del Evangelio según Marcos en torno a Juan el Bautista predicando en el desierto y con un acento puesto en el acontecimiento del Bautismo de Jesús. La esperanza de encontrar y de escuchar un mensaje de Dios en lugares salvajes, desérticos estaba motivada por la memoria de los años vividos por Israel en el desierto y la experiencia segura de la providencia de Dios. A ese lugar recóndito, alejado es
a donde llegó Jesús para ser bautizado, como todas las otras personas. Lo hizo, no porque tuviera necesidad de arrepentirse, sino como un acto de humildad y preparación para el comienzo de una gran misión. Se nos presenta en una escena que desencadenará un tiempo muy especial de la historia de salvación que Dios viene realizando sobre su creación y con su pueblo. El Bautismo de Jesucristo señala el reconocimiento que Dios hace de Jesús como su Hijo, y en quién tiene puesta toda su predilección; aquí el absoluto es importante: ‘toda' su predilección. Es decir, hay una predilección plena de Dios puesta sobre la persona de Jesucristo. El Espíritu Santo que desciende sobre él señala una filiación directa, y esa filiación es promulgada, avalada y sostenida allí por Dios. Es decir que la 'buena voluntad' que afirma esa filiación es divina y de ninguna manera humana.
A veces, entre los cristianos suele haber confusión en cuanto a una supuesta voluntad humana que definiría nuestro lugar en este mundo como hijos/as de Dios. El pacto que Dios realiza con nosotros/as en el Bautismo desencadena la posibilidad permanente de participar de algo que Dios realiza. Llegar a ser hijos/as de Dios es una consecuencia de la buena voluntad que Dios tiene para con nosotros/as, y no algo provocado por la “buena voluntad” que podamos tener nosotros hacia los propósitos de Dios.
Como humanos que somos tenemos una tendencia esclavizante que nos aleja constantemente de la voluntad de Dios, a eso solemos llamarlo pecado, o la presencia del mal en el mundo, la cual de no existir no hubiera habido ninguna necesidad de parte de Dios en hacerse ser humano, nacer en aquel pesebre de Belén, y ahora en este acontecimiento en el que se sella una unión entre el cielo y la tierra, entre el agua y la Palabra, entre Dios y Jesucristo por medio del Bautismo, en señalar un camino, un recorrido. El pecado nos conduce por caminos que nos extravían de la ‘buena voluntad de Dios', lo que de alguna manera nos está indicando que la voluntad humana no es (tan) ‘buena' ni (tan) 'libre'. Podríamos decir que el mal que vivimos en este mundo no corresponde a una voluntad de Dios, sino al desenvolvimiento de la voluntad humana en contra de los propósitos de Dios. Lo que nos define como hijos/as de Dios no es lo ‘bueno/a' que nos podamos llegar a creer que somos o lo virtuosa que pueda llegar a ser nuestra conducta, sino que es la gracia y misericordia que Dios tiene con nosotros/as.
También es bueno recordar que el Bautismo no solo señala una filiación divina, también y simultáneamente nos conduce a una filiación humana: ser hijos/as de Dios nos hace hermanos/as.
Tal vez esto ya nos reorienta en nuestro andar en la convivencia: el otro o la otra, es un ser humano que debo reconocer como hermano/a. Aunque tenga un color de piel diferente a la mía, aunque tenga una orientación sexual que me incomode, a pesar de que le pueda atribuir todos los defectos que pueda imaginar, sigue siendo alguien a quién Dios nos conduce a comprender, aceptar, reconocer y amar como hermano/a. Por esto el Bautismo nos reubica a cada uno/a en un lugar particular en medio de la convivencia, un lugar que nos permite ver a los demás más allá de la voluntad humana, tratando de contemplar la convivencia desde la misericordia que Dios nos tiene.
El camino que iniciamos en el Bautismo, procura seguir por un lado el camino de filiación divina que tuvo Cristo, y por otro la reorientación constante de nuestra voluntad humana a la luz de la voluntad de Dios, principalmente en la convivencia que construimos. El Bautismo nos conduce a un ejercicio o trabajo en el que reeducamos nuestra voluntad que tiende a perder de vista el vínculo familiar humano que nos debe mantener unidos, y que muchas veces se refleja en divisiones, quebrantos y violencias que alimentan distanciamiento, rencor y odio, oscureciendo así la voluntad de Dios entre nosotros/as.
Al rememorar nuestro propio bautismo debemos recordar que pertenecemos a Dios, a un Dios que pretende reorientar nuestra voluntad hacia los propósitos de salvación que desarrolla entre nosotros/as, que procura revertir la enemistad que construimos en nuestra convivencia, y llevarnos a una hermandad que se suele presentar como una utopía. No obstante, aun como utopía nos invita a establecer un vínculo simultáneo entre Dios y su familia, familia de la cual nosotros/as tan solo somos una parte.
Que al iniciar este nuevo año vayamos al desierto a escuchar en el silencio la voz de Dios, sosegadamente, sin prisas. Encontremos un espacio y un tiempo para estar a solas con el Señor de la Vida. Abramos nuestro corazón y motivaciones más profundas para que Dios las examine y que Él por su gracia y misericordia nos transforme y haga cada día mejores testigos de su Reino. Amén.