19 noviembre 2013

SINCRETISMO Y NAVIDAD



En mi infancia, aunque mis padres no eran creyentes, siempre se respetaron las tradiciones religiosas. En navidad, por ejemplo, armábamos el arbolito con adornos multicolores y luces intermitentes debajo del cual, el viejo gordo que nunca se acuerda que acá es verano, traía regalos para todos, chicos y grandes. El pesebre con María, José, el niño Dios, un burro, una vaca, pastores y ovejas a granel decoraba el mueble del comedor.
En esa época Jesús, todavía era parte de la navidad, se hablaba del nacimiento y de los reyes magos que vendrían quince días después.
Más tarde me dijeron que Jesús no nació en diciembre sino, posiblemente en marzo. Que la navidad es una fiesta que viene de otros lares y que la iglesia primitiva adoptó mucho tiempo después de la muerte de Jesús para sustituir dicha fiesta pagana por una tradición cristiana.
Así que Jesús no nació un 25 de diciembre, día en el cual los argentinos comemos todas comidas europeas hasta el hartazgo. Nueces, almendras y avellanas, todas comidas del invierno europeo son ingeridas en un clima que pocas veces descendió de los 35 grados centígrados.
El hombre que otrora se llamara papá Noel, hoy Santa Claus, baja por chimeneas inexistentes vestido de invierno a traer regalos a los chicos que se portaron bien durante el año con unos renos que jamás un porteño ha visto excepto, tal vez, en el zoológico de la ciudad.

No crean que me estoy volviendo uno de esos sectarios anticatólicos que prohíben las tradiciones navideñas; en absoluto. Mis hijos están esperando a papá Noel y yo los extorsiono a diario para que se porten bien. Sólo escribo estas cosas para hacerles notar que cuando las tradiciones son europeas el sincretismo es bien aceptado por el cipayismo cristiano. Pero cuando un coya en el norte de nuestro país se arrodilla frente a una pucheta con tres hojas de coca simbolizando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y les hecha un poco de  la sangre de Cristo mezclada con avemarías y padrenuestros, a ese sí lo tratamos de sincrético y nos rasgamos las vestiduras ante tanto paganismo.